Cartas otoñales

 

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¿Qué es el amor sino la certeza de que nunca estaré contigo? ¿Sino mirarte a los ojos y saber que nunca sentirás lo mismo? Duele ver pasar los días; sobre todo sabiendo que cada día me llevará más lejos de ti. Pero todo lo que puedo hacer es amarte y esperarte. Quizás, algún día, descubras que estuve allí. Ahogando todo lo que siento en una sonrisa. Mientras las palabras vacías fluyen. Pero estoy aprendiendo a no mirarte. Algún día mi corazón no latirá al verte. Entonces, supongo, ¿habré dejado de quererte?

 

A tale of a grain of sand

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El viento mece los diminutos granos de arena de un lugar a otro. Todo en el desierto se encuentra a merced del viento. El cielo es infinitamente azul. Las nubes se esconden en ese lugar donde sólo es posible pensarlas. ¿Alguna vez intentaste correr en el desierto? Pronto se descubre que tus pasos son frenados sin la más mínima consideración. Parece que todo lo que te rodea se une para impedir que avances. O que retrocedas. Y todo lo que se te ocurre hacer es quedarte de pie en medio de la más profunda desolación. No hacer nada. Ver como los acontecimientos se suceden. Siendo perfectamente consciente de que la vida sigue su curso. Y sí, como yo, descubriste lo iluso de querer cambiar los acontecimientos.

Mentiras

Creo que los sueños son las únicas mentiras que merecen la pena. La mentira es el refugio de los cobardes. La ira de la mente provoca la mentira. La mentira nunca es buena. El mentiroso es aquel que es incapaz de afrontar la realidad… por lo que se condena a la adversidad de vivir bajo la mentira. Cuando se miente no sólo se esconde la verdad, también la cobardía. De nada vale vale contar mentiras, porque al final siempre se sabe la verdad. Se coge más deprisa a un mentiroso que a un cojo. ¿Por qué sigues mintiendo, si al final tendrás que decir la verdad…?

Y duele

Hay veces en las que amamos en silencio. En esas ocasiones te persigo con los ojos sin descanso. Con cuidado. No fuera a ser que nuestras miradas se cruzasen. Porque entonces sabrías que estoy pensando en ti. A veces te sientas a mi lado. En esas ocasiones se me rompe el alma. La mayor lejanía la siento cuando estás cerca. Y duele. A veces no se porqué, a pesar de todo te sigo queriendo. Me gusta cuando sonríes. Y duele. La amistad, el eterno escondite. Esconde mi amor como el sol las estrellas del cielo cada día. Pero siguen ahí. Y duele. Hay un lugar donde el sol ilumina inmensos campos de maíz. Produce un reflejo difícil de mirar. Pero hermoso. Como tus labios, como tus manos, como tu cuello. Hay un lugar donde el cielo es más azul que en ningún otro. Y las nubes son blancas como el azúcar sobre un pastel. Ese lugar solo me habla de tus ojos. Y duele. Hay un sitio inalcanzable donde se esconden las cosas que están destinadas a nunca pasar. Abrazos y besos que nunca se darán. Y duele. Pero, sobre todo, duele saber que estas palabras serán lo más cerca que estuve de poderte amar.

Cuento sin moraleja

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Un hombre vendía gritos y palabras, y le iba bien, aunque encontraba mucha gente que discutía los precios y solicitaba descuentos. El hombre accedía casi siempre, y así pudo vender muchos gritos de vendedores callejeros, algunos suspiros que le compraban señoras rentistas, y palabras para consignas, esloganes, membretes y falsas ocurrencias.

Por fin el hombre supo que habia llegado la hora y pidió audiencia al tiranuelo del pais, que se parecía a todos sus colegas y lo recibió rodeado de generales, secretarios y tazas de café.

-Vengo a venderle sus últimas palabras -dijo el hombre-. Son muy importantes porque a usted nunca le van a salir bien en el momento, y en cambio le conviene decirlas en el duro trance para configurar facilmente un destino histórico retrospectivo. -Traducí lo que dice- mando el tiranuelo a su interprete. -Habla en argentino, Excelencia. -¿En argentino? ¿Y por qué no entiendo nada? -Usted ha entendido muy bien -dijo el hombre-. Repito que vengo a venderle sus últimas palabras.

El tiranuelo se puso en pie como es de práctica en estas circunstancias, y reprimiendo un temblor, mandó que arrestaran al hombre y lo metieran en los calabozos especiales que siempre existen en esos ambientes gubernativos. -Es lástima- dijo el hombre mientras se lo llevaban-. En realidad usted querrá decir sus últimas palabras cuando llegue el momento, y necesitará decirlas para configurar fácilmente un destino histórico retrospectivo. Lo que yo iba a venderle es lo que usted querrá decir, de modo que no hay engaño. Pero como no acepta el negocio, como no va a aprender por adelantado esas palabras, cuando llegue el momento en que quieran brotas por primera vez y naturalmente, usted no podra decirlas. -¿Por qué no podré decirlas, si son las que he de querer decir? -pregunto el tiranuelo ya frente a otra taza de café. -Porque el miedo no lo dejará -dijo tristemente el hombre-. Como estará con una soga al cuello, en camisa y temblando de frio, los dientes se le entrechocaran y no podrá articular palabra. El verdugo y los asistentes, entre los cuales habrá alguno de estos señores, esperarán por decoro un par de minutos, pero cuando de su boca brote solamente un gemido entrecortado por hipos y súplicas de perdón (porque eso si lo articulará sin esfuerzo) se impacientarán y lo ahorcarán.

Muy indignados, los asistentes y en especial los generales, rodearon al tiranuelo para pedirle que hiciera fusilar inmediatamente al hombre. Pero el tiranuelo, que estaba-pálido-como-la-muerte, los echó a empellones y se encerró con el hombre, para comprar sus últimas palabras.

Entretanto, los generales y secretarios, humilladísimos por el trato recibido, prepararon un levantamiento y a la mañana siguiente prendieron al tiranuelo mientras comía uvas en su glorieta preferida. Para que no pudiera decir sus últimas palabras lo mataron en el acto pegandole un tiro. Después se pusieron a buscar al hombre, que había desaparecido de la casa de gobierno, y no tardaron en encontrarlo, pues se paseaba por el mercado vendiendo pregones a los saltimbanquis. Metiéndolo en un coche celular, lo llevaron a la fortaleza, y lo torturaron para que revelase cuales hubieran podido ser las últimas palabras del tiranuelo. Como no pudieron arrancarle la confesión, lo mataron a puntapiés.

Los vendedores callejeros que le habían comprado gritos siguieron gritándolos en las esquinas, y uno de esos gritos sirvió más adelante como santo y seña de la contrarrevolución que acabó con los generales y los secretarios. Algunos, antes de morir, pensaron confusamente que todo aquello había sido una torpe cadena de confusiones y que las palabras y los gritos eran cosa que en rigor pueden venderse pero no comprarse, aunque parezca absurdo.

Y se fueron pudriendo todos, el tiranuelo, el hombre y los generales y secretarios, pero los gritos resonaban de cuando en cuando en las esquinas.

De la obra “Material Plástico” de Julio Cortázar

Diario de una conductora

5 de Enero
¡Aprobé el examen de conducir! Ya puedo conducir mi propio coche sin tener que oir las recomendaciones de los profesores, siempre diciendo:”¡Por ahi es sentido prohibido!”,… “¡Vamos a salir en sentido contrario!”
“¡Cuidado con la viejecita! ¡Frena! ¡Frena!” y otras cosas parecidas. No se como les aguanté durante estos últimos dos años y medio.

8 de Enero
La Autoescuela me hizo una fiesta de despedida. Los profesores ni siquiera dieron clase. Uno de ellos dijo que iba a misa, juro que ví a otro con lágrimas en los ojos y todos dijeron que iban a emborracharse para celebrarlo. Encontré simpática la despedida, pero creo que mi persona no merecía tanta exageración.

12 de Enero
Me compré el coche. Por desgracia tuve que dejarlo en el concesionario para cambiarle el parachoques trasero, pues cuando intenté salir confundí la marcha atrás con la primera. Debe ser la falta de práctica.
Hace una semana que no conduzco

14 de Enero
¡Ya tengo el coche!
Estaba tan feliz al salir del concesionario que decidí dar un paseo. Parece que otros muchos tuvieron la misma idea pues me siguieron muchos coches, todos tocando la bocina como si fuese una boda. Para no parecer antipática entré en la broma y reduje la velocidad de 10 a 5 Km/h. A los demás les gustó y tocaron la bocina aún más.

22 de Enero
Mis vecinos son intachables. Colocaron carteles avisando en letras grandes “ATENCION A LAS MANIOBRAS”, marcaron con pintura blanca un sitio bien grande para aparcar y prohibieron a sus hijos salir a la calle mientras durasen las maniobras. Creo que todo es para no molestarme
Aún hay gente buena en este mundo…

31 de Enero
Los otros conductores siempre están tocándome el claxon y haciendo gestos. Creo que es algo simpático, pero un poco peligroso. Ayer uno apuntó al cielo con el dedo de enmedio.
Cuando me asomé para ver a qué estaba señalando casi me dí un golpe.
Menos mal que iba a la velocidad acostumbrada de 10 Km/h.

10 de Febrero
Los otros conductores tienen hábitos extraños. Además de hacer muchos gestos con la mano están siempre gritando. No oigo nada porque llevo los cristales subidos, pero parece que quieren darme información.
Lo digo porque creo haber oido decir a uno “Vete a casa”. Creo que es algo espantoso. No sé como adivinó hacia donde iba.
De cualquier forma, cuando averigüe dónde está el botón que baja los cristales, saldré de dudas.

19 de Febrero
La ciudad está muy mal iluminada. Hoy dí mi primer paseo nocturno y tuve que ir con las luces largas para ver bien. Todos los conductores con los que me crucé parecían estar de acuerdo conmigo porque también daban las luces largas, y algunos incluso, encendían otros faros que llevaban. Quizá fuera para espantar algún bicho.

26 de Febrero
Hoy tuve un accidente. Entré en una rotonda y como había muchos coches (no quiero exagerar pero como mínimo debían ser unos cuatro), no pude salir.
Fui dando vueltas bien cerquita del centro a la espera de una oportunidad, de forma que acabé por marearme y me di contra el monumento que había en el centro de la rotonda. Creo que deberían limitar la circulación por las rotondas a sólo un coche cada vez.

3 de Marzo
Estoy en mala racha. Fuí a buscar el coche al taller y luego al salir me confundí de pie acelerando a fondo en vez de frenar. Me dí contra un coche que pasaba, aplastándole todo el lateral derecho. El conductor era, por casualidad, el profesor que me aprobó el exámen. Un buen hombre, sin duda. Insistí en que había sido culpa mía pero él, educadamente, no paraba de repetirse “¡Que Dios me perdone! ¡Que Dios me perdone!”

Encontrado en: Superrisas

Rosas Blancas

Acababa de sonar el despertador. El día se preveía desapacible. Un frío helador. Pero a pesar de todo tenía que levantarse. Una rodilla le molestó, cosas de la edad, que no perdona.

Había tenido una vida larga. Se había casado felizmente a la edad de 25 años y tenido tres hijos que lo eran todo para ella. Tuvo que soportar una viudedad temprana. Pero supo seguir adelante, pues sus hijos lo eran todo para ella. Y logró incorporarse sobre la cama con todo su esfuerzo. Ya no estaba acostumbrada a madrugar, como lo hacía antes.

Se acercó a su cómoda, frente a la cama y abrió cuidadosamente uno de los primeros cajones. Cogió de él varias monedas. Descansaban sobre su mano algunos de los ahorros que, costosamente había logrado extraer de su más bien escasa pensión. Esa mañana sentía un dolor especial. Fuera del dolor físico. Era el dolor de una madre que había perdido a su hijo. Era un muchacho que jamás había dejado de luchar por sus ideales. En eso le había salido a su padre. Aún recordaba la fuerza de sus palabras cuando defendía sus convicciones. Se admiraba de cómo, tras cada nueva amenaza él contestaba con más fuerza y convencimiento. Sin duda, el que fue su primogénito, había sigo una persona de ejemplares valores y principios.

Habían pasado ya muchos años de su muerte. Ella había conseguido seguir adelante. Pero nunca había llegado superarlo del todo. Ninguna madre debe ver morir a sus hijos. Casi lloraba. Pero se sobrepuso y se cubrió con su abrigo con una energía inusual en ella. Y se dirigió a la calle. Se había propuesto hacer algo, y no quería fallar. Dobló las dos esquinas siguientes y llegó a una calle más bien estrecha y llena de agua. La lluvia apretaba en ese momento, así que decidió apremiar. Casi no podía dar ni un paso más cuando entró en la tienda:

– Hola Marisa.

Saludó una dependienta claramente turbada ante la llegada de la anciana con ese tiempo.

– Necesito que me des unas flores blancas, rosas, a ser posible.

Interrumpió la recién llegada antes de que la chica pudiese preguntarle por el extraño motivo que la había traído a su tienda esa mañana.

Pasó algún tiempo hasta que un hermoso ramo quedó perfectamente formado. Contó cuidadosamente el dinero antes de entregárselo a la chiquilla. Y se dio la vuelta terminada la transacción. Había dejado de llover aunque el ambiente era aún húmedo y desagradable. Y no habían dejado de dolerle los huesos.

A pesar de ello volvió a salir a la calle. Conforme más se acercaba a su destino más tenía que luchar para abrirse paso entre la gente. Habían pasado varias horas desde que se levantara cuando por fin llegó al lugar. Era casi medio día y las nubes grises dejaban paso a lo que parecía una tarde tranquila y soleada. El tiempo se había puesto de su parte.
Nadie prestaba atención a esa señora que transportaba difícilmente su ramo de flores cuando llegó al centro de la plaza. ¡Cuanto dolor la producía tener que volver a ese lugar! Depositó el ramo de rosas con suavidad en el suelo. Y se fue a casa.

Entonces todo el mundo reconoció el significado de aquel gesto.

Cinco días después esa plaza estaba llena de ramos blancos por todas partes.

Aunque la mayoría lo sabréis ya, el nombre de aquella plaza era República Dominicana.

 

Dos mujeres contra el odio

Todas las tardes dos mujeres mayores se sientan frente a frente en el salón de un piso del barrio de Amara de San Sebastián. Son vecinas y consuegras. Una de ellas le va dando con una cucharilla y mucha paciencia un yogur de café a la otra, enferma de Alzheimer. La primera es viuda de un comandante asesinado por ETA en 1977. La segunda es la madre del terrorista Iñaki de Juana Chaos.
Madrid otorgó en 1977 a De Juana un diploma por su “valiente lucha” contra un incendio.

El padre del terrorista hizo la guerra con las tropas de Franco y ganó cuatro medallas.

La escena se repite cada día durante el último año y medio hasta que, el 27 de enero, Esperanza Chaos Lloret muere. Tenía 83 años y había nacido en Tetuán, donde su padre, un militar del Ejército español, estaba destinado entonces. Luego se casaría con un médico, Daniel de Juana Rubio, oriundo de Miranda de Ebro (Burgos), que también hizo la guerra como teniente asimilado en las tropas de Franco, por lo que fue condecorado con una medalla de campaña, dos cruces rojas y una cruz de guerra. De todo ello da fe un carné de Falange Española y de las Jons expedido el 16 de octubre de 1943 donde aparece sonriente a sus 35 años. Daniel de Juana y Esperanza Chaos tuvieron dos hijos, Altamira y José Ignacio, que nacieron y se criaron en una casona de Legazpia donde el doctor pasaba consulta a los trabajadores de Patricio Echeverría, una de las principales acerías de Guipúzcoa. La vivienda estaba al lado de la casa cuartel de la Guardia Civil y por las tardes José Ignacio jugaba al fútbol con los hijos de los guardias.

-Soy Chacho, hola mamá.

Durante las dos últimas décadas, unas veces los lunes y otras los miércoles, el terrorista Iñaki de Juana Chaos, encarcelado en las prisiones más alejadas de Euskadi por asesinar a 25 personas -entre ellas 17 guardias civiles-, empleaba esa fórmula, casi siempre la misma, para iniciar la conversación con su madre. Los cinco minutos reglamentarios de charla versaban sobre cuestiones banales, el tiempo o un jersey verde que el terrorista quería que su madre le hiciera llegar, pero jamás hablaban de política y mucho menos de ETA. Sencillamente porque Esperanza Chaos, a la que en familia llamaban Nina, nunca justificó los crímenes de su hijo ni formó parte del colectivo de apoyo a los presos de ETA. Tampoco llegó a saber jamás qué o quiénes influyeron en él para que, a principios de los 80, abandonara su trabajo en la Ertzaintza y se fugara a Francia.

Cuentan personas que la quisieron mucho que Esperanza se cayó redonda al suelo el 16 de enero de 1987 cuando le contaron que a su hijo lo acababan de detener en Madrid. La fotografía que al día siguiente vio publicada en los periódicos no se parecía en nada a las que de él guardaba en el álbum familiar. En ellas aparece de corbata en el bautizo de su sobrina o jurando marcial la bandera española tras el periodo de instrucción en Alcalá de Henares. Nada en la trayectoria del hijo hacía presagiar un futuro cercano a ETA. Más bien al contrario. Cuando De Juana regresó del servicio militar llevaba consigo un diploma, expedido por el Ayuntamiento de Madrid el 27 de mayo de 1977, en reconocimiento por su valiente lucha contra un incendio que sufrió la capital entre el 15 y el 20 de abril de aquel año. Más tarde, ingresó en la segunda promoción de la policía autonómica vasca. “Aún faltaban unos años”, recuerda un familiar, “para que De Juana, muy propenso siempre a los amoríos, se ennoviara con una enigmática mujer llamada Helena y residente en Bayona”.

El caso es que Esperanza Chaos jamás volvió a ver a su hijo en libertad.

Ya por entonces viuda, inició una difícil carrera por mantener viva su relación con su hijo al tiempo que rechazaba una y otra vez las invitaciones para integrarse en el colectivo de apoyo a los presos de ETA.
La madre del terrorista más famoso recorrió más de 300.000 kilómetros en coche -le aterrorizaba el avión- para ver a su hijo preso. Su llegada a las distintas cárceles, según recuerdan funcionarios de prisiones, nunca pasó desapercibida. “Venía como a una boda, con anillos y collares, elegante y alegre, siempre educada y cordial con nosotros, nada que ver con el carácter frío ni la mirada agresiva del hijo ni mucho menos con la actitud desafiante de la mayoría de los familiares de presos de ETA”. En una ocasión, un guardia civil, aun sabiendo a quién iba a visitar, se atrevió a pegar la hebra con ella.

-De Tetuán, ¿eh? O usted es hija de funcionario o de militar.
-De militar, agente.
-Pues permítame que la acompañe

La última vez que vio a su hijo fue el 7 de julio de 2005, en la cárcel madrileña de Aranjuez.

Esperanza ya apenas podía caminar. Había seguido manteniendo la costumbre de mandarle 150 euros mensuales, que rebañaba con trabajo de su pensión, e incluso llegó a hablar con un taxista de San Sebastián para que fuera a recogerlo en cuanto obtuviera la libertad. Pero entre las nieblas del Alzheimer y una mano oportuna que apagaba la televisión en el momento justo, Esperanza se fue alejando de la realidad de su hijo en huelga de hambre.

Las dos ancianas están sentadas frente a frente. Una se quedó viuda el 2 de enero de 1977, a las ocho y media de la mañana. Tres pistoleros de ETA se apostaron frente a su marido, el comandante del Ejército José María Herrera, y lo acribillaron con disparos de metralleta en la misma puerta de su casa. Pasado el tiempo, el hijo del militar se casó con una muchacha llamada Altamira de Juana. La anciana enferma es precisamente la madre de Altamira y de Iñaki de Juana Chaos.

Lo que une a estas dos mujeres, más allá de la familia o incluso de la fatalidad de una vida marcada por ETA, es el interés común, tácito, de que el odio no prolongue el trabajo de las pistolas. El País Vasco también está lleno de historias así. Madres de hijos que matan y mujeres de hombres que mueren tejiendo una red invisible de afecto imposible de fotografiar, indetectable para el radar de los telediarios.

Al día siguiente del fallecimiento de la madre del terrorista, las asociaciones vinculadas a los presos de ETA publicaron en Gara hasta 10 esquelas en su memoria. Una de ellas aparecía firmada por “Helena”, la enigmática mujer de Bayona. En todas se refieren a Esperanza Chaos como “la madre de un preso político vasco”. Tal vez ignorando, o tal vez no, que la única familia política de Esperanza Chaos era, lo que son las cosas, la viuda de un militar asesinado por ETA.

 Pablo Ordaz – San Sebastián – 11/02/2007

Fracaso

El 16 de Septiembre de 2004 escribí algo que me ha apetecido rescatar del recuerdo. Algunos sin duda lo conoceréis:

“No digas nada, solo mírame, porque en el silencio no padrás decirme que nunca me quisiste. En medio de la oscuridad del creer que estás conmigo, la luna bajará a contarnos un cuento. Y mientras pierdes la vista en algún lugar del infinito escucharás la historia de lo que pudo ser y no fué, de lo que quise hacer y no hice, de lo que quise decirte y no te dije… y de lo que quise escribirte… sigo escuchando. Y cuando la pluma celeste que dibuja esta ilusión se convierte en un debil susurro, cuando el sol se empeña en borrar las estrellas del cielo, entonces, entierro otro cuento sin entenderlo y me quedo sentada mientras el viento mueve el polvo. Y solo puedo ver como te alejas como desaparece un espejismo cuando está más cerca, dejándome el azote testarudo de una lágrima mientras trato de acariciar lo que no tengo. Si algún día leyeras estas palabras me habré ahogado inundada por la amarga realidad de saber que después de todo solo me queda el suspiro apagado de un recuerdo que nunca existió, que no fué más que un cuento.”

Había otra vez…

un campesino gordo y feo que se había enamorado (¿cómo no?)

de una princesa hermosa y rubia…

 

Un día la princesa -vaya usted a saber por qué-

dio un beso al feo y gordo campesino…

y, mágicamente, éste se transformó

 en un esbelto y apuesto príncipe.

 

(Por lo menos, así lo veía ella…)

(Por lo menos, así se sentía él…)

Del libro de Jorge Bucay “Cuentos para pensar”

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