Había una vez…

…Un reino muy lejano gobernado por un rey muy justo aunque muy joven. El rey aún no había encontrado una esposa, y ese asunto le traía bastante preocupado.

Un día como cualquier otro ensilló un caballo y galopó veloz en uno de sus usuales viajes alrededor del reino. Visitaba a los molineros, a los monjes y a multitud de familias en diferentes aldeas.
Hoy su viaje terminaba en una de las aldeas más lejanas a palacio. Una aldeita muy pobre, en la que la mayoría de los habitantes se dedicaba a la cria de animales, sobre todo de cerdos.
-Saludos humildes aldeamos –decía el rey- he venido a hacerles una corta visita.
-Es para nosotros un placer recibir su visita.
El rey observó todo a su alrededor, hasta que su Mirada fue a detenerse en una pobre muchacha agachada en el barro.
-Es mi hija, majestad. Es cuidadora de cerdos. –sentencio casi entre lagrimas su padre.
El rey casi no escuchaba al hombre. A pesar de todo lo pobre y sucia que se encontraba la chiquilla no podia creerse lo bella que era. Lo supo casi al instante: estaba enamorado.
Montó a toda prisa en su caballo y partió sin despedirse. Estaba sumamente preocupado. ¡Nunca le permitirian casarse con una cuidadora de cerdos!

Sumamente preocupado el rey reunió a todos los sabios de palacio para intentar encontrar una solución. Pero ninguno parecía poder darle una respuesta. Hasta que uno de sus consejeros más anciano se dispuso a hablar.
-Mi rey, casaros con esa muchacha es bien posible. Pero tendreis que ser paciente, señor.
-Decidme ¿que debo hacer?
-Habreis de ordenar a todo vuestro reino que cuando acabe este año, al ritmo de las campanadas de la catedral tomen doce uvas, ni una más ni una menos.
Así se hizo. El rey personalmente se encargó de repartir doce uvas a todos los habitantes de su reino.

Finalmente el tan esperado día llegó. Todo se llevó a cabo según lo previsto.
No tardaron en llamar a la puerta del palacio.
-¡Abrid!-indicó el rey.
Y entonces pudo ver aparecer en la puerta una Hermosa mujer envuelta en un fino abrigo de la mejor lana. Su pelo brillaba bajo el sol, igual que sus ojos al ver al rey. Y la reconoció. Se trataba de la cuidadora de cerdos. Sus manos ya no tenían llagas y eran suaves y sedosas. Su rostro, libre de barro era aún más bello de lo que el rey había imaginado. Rápidamente la chica se instaló en el palacio por orden real.
-¡Gracias gran sabio! Tu consejo me ha hecho enormemente feliz.
-Pero cuidado, majestad. El hechizo solo os dará prosperidad durante doce meses, uno por cada uva, así que tendreis que volver a tomar las uvas cada año.
Así se hizo. El rey convirtió la toma de las uvas en ley.

Muchos años después al rey y a la reina les llegó su hora y les sustituyeron sus hijos, a éstos sus nietos, y después los nietos de sus nietos.
Pero nadie cambió la ley de la toma de uvas. Y el tiempo convirtió la ley en leyenda, y la leyenda en una tradición.
Lo cierto es que con los siglos nadie sabía porqué se tomaban las uvas al principio del año.

Alguien dijo que traían suerte…
… lo mismo era eso.

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