Aunque no me leas

En casa nunca gustaron las motos. Y yo, como adolescente en plena etapa de rebeldía no podía hacer otra cosa que montarme una y otra vez en cualquier moto a mi alcance. Era inspiradora la mezcla del olor de la gasolina y el gusto de lo prohibido.

Nosotros nos conocíamos desde niños. A pesar de haber estado yendo de colegio en colegio tú siempre has sido una constante. Con el pasar de los años no habíamos perdido el contacto. Incluso mi hermano y tu hermana habían tenido alguna aventura romántica… cosas de niños. Amabas el deporte, sobre todo el baloncesto. Y eras muy bueno, casi diría que el mejor.

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Ese día de verano, a nuestros veinte años, no cogí una moto. Fuiste tú. No se a donde tenías que llegar con tanta prisa. Sólo sé que no llegaste. Después de varios meses en coma, sólo sé que si cojo tu mano no lo sientes. Todos tus sentimientos han quedado reducidos a movimientos de cabeza: sí y no.

Vamos a ir a verte. No sabemos si serás consciente. Pero es tu cumpleaños. Y los amigos estaremos allí. Fuiste tú, sí, pero Dios sabe que pudo haber sido cualquiera de nosotros. Mi destino, como el de todos los que siempre te quisimos, ha quedado esposado a una cama. No se como te sientes, ni cuales son las imágenes que invaden tu mente, ni si lo hacen.

Te llevaremos camisetas de un deporte al que nunca más jugarás. Y sabemos que no podrás sonreírnos por estar allí. Pero sólo verte asentir será suficiente. Es lo que tenemos. Es lo que el asfalto nos ha dejado.

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