Autobuses asesinos

Ayer, aprovechando que mis padres se iban de comunión, me coloqué delante de un espejo y empecé a probar mi nuevo kit de tres pintalabios y mascarilla con vitamina E de l’Oreal Paris (una actividad tan normal como cualquier otra). No hacía mucho que se habían ido cuando, de repente, llaman a la puerta.

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Así que en pijama y con los labios de un perfecto Rosa Creme 453 me dispongo a atender a la puerta. Y en medio del rellano vislumbro la figura de mi padre con una cara sumamente demacrada, de las que hacen época, seguido de mi madre.

-¿Qué hacéis aquí? ¿No teníais una comunión? Menuda cara trae papá, parece que le haya atropellado un camión.

La respuesta confirmó que tengo que pulir mis habilidades antes de dejar la carrera para dedicarme al tarot (que es donde está el futuro, nunca mejor dicho)

- Un camión no, a tu padre le ha atropellado un autobús camino de la iglesia.

Poco recuerdo de la conversación posterior, porque, como en todo gran hecho histórico, aparecen tantas versiones contradictorias como personas lo presencian. La versión de mi madre afirmaba tajantemente que la culpa era de mi padre por saltar a la carretera cual piscina tras un taxi. La versión de mi padre afirmaba, lógicamente, que la culpa era de mi madre que no se explicaba (o algo así).

Además, se ve que mi padre estaba indignado, porque mi madre había sido la primera en perseguir el reloj de oro de mi padre que había salido volando en el impacto, dejando a mi pobre progenitor a merced de los predadores del asfalto.

El caso es que desaparecí con mi pintalabios dejándoles sumidos en la típica “armonía familiar” de mi casa.

Poniendonos serios, la verdad es que fué un buen susto, pero al final quedó en eso y en algunos morados. Una razón más para dar gracias al Jefe (como dice Elentir).

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