Rosas Blancas

Acababa de sonar el despertador. El día se preveía desapacible. Un frío helador. Pero a pesar de todo tenía que levantarse. Una rodilla le molestó, cosas de la edad, que no perdona.

Había tenido una vida larga. Se había casado felizmente a la edad de 25 años y tenido tres hijos que lo eran todo para ella. Tuvo que soportar una viudedad temprana. Pero supo seguir adelante, pues sus hijos lo eran todo para ella. Y logró incorporarse sobre la cama con todo su esfuerzo. Ya no estaba acostumbrada a madrugar, como lo hacía antes.

Se acercó a su cómoda, frente a la cama y abrió cuidadosamente uno de los primeros cajones. Cogió de él varias monedas. Descansaban sobre su mano algunos de los ahorros que, costosamente había logrado extraer de su más bien escasa pensión. Esa mañana sentía un dolor especial. Fuera del dolor físico. Era el dolor de una madre que había perdido a su hijo. Era un muchacho que jamás había dejado de luchar por sus ideales. En eso le había salido a su padre. Aún recordaba la fuerza de sus palabras cuando defendía sus convicciones. Se admiraba de cómo, tras cada nueva amenaza él contestaba con más fuerza y convencimiento. Sin duda, el que fue su primogénito, había sigo una persona de ejemplares valores y principios.

Habían pasado ya muchos años de su muerte. Ella había conseguido seguir adelante. Pero nunca había llegado superarlo del todo. Ninguna madre debe ver morir a sus hijos. Casi lloraba. Pero se sobrepuso y se cubrió con su abrigo con una energía inusual en ella. Y se dirigió a la calle. Se había propuesto hacer algo, y no quería fallar. Dobló las dos esquinas siguientes y llegó a una calle más bien estrecha y llena de agua. La lluvia apretaba en ese momento, así que decidió apremiar. Casi no podía dar ni un paso más cuando entró en la tienda:

- Hola Marisa.

Saludó una dependienta claramente turbada ante la llegada de la anciana con ese tiempo.

- Necesito que me des unas flores blancas, rosas, a ser posible.

Interrumpió la recién llegada antes de que la chica pudiese preguntarle por el extraño motivo que la había traído a su tienda esa mañana.

Pasó algún tiempo hasta que un hermoso ramo quedó perfectamente formado. Contó cuidadosamente el dinero antes de entregárselo a la chiquilla. Y se dio la vuelta terminada la transacción. Había dejado de llover aunque el ambiente era aún húmedo y desagradable. Y no habían dejado de dolerle los huesos.

A pesar de ello volvió a salir a la calle. Conforme más se acercaba a su destino más tenía que luchar para abrirse paso entre la gente. Habían pasado varias horas desde que se levantara cuando por fin llegó al lugar. Era casi medio día y las nubes grises dejaban paso a lo que parecía una tarde tranquila y soleada. El tiempo se había puesto de su parte.
Nadie prestaba atención a esa señora que transportaba difícilmente su ramo de flores cuando llegó al centro de la plaza. ¡Cuanto dolor la producía tener que volver a ese lugar! Depositó el ramo de rosas con suavidad en el suelo. Y se fue a casa.

Entonces todo el mundo reconoció el significado de aquel gesto.

Cinco días después esa plaza estaba llena de ramos blancos por todas partes.

Aunque la mayoría lo sabréis ya, el nombre de aquella plaza era República Dominicana.

 

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.